EL QUE TENGA PENSADO IR A VER ESTA PELICULA, QUE NO LEA ESTA ENTRADA
Condenados a los avatares y demás digitocriaturas en estado tridimensional, cuando ya parecía que todo seguiría igual de aburrido y predecible, salta a las pantallas una gran película, de las que ya no se filman, porque lo que cuenta en ellas, no es la acción, sino el alma del protagonista. Es bien cierto que sus cortos de publicidad inducen a imaginar un thriller trepidante, y quizás por eso, al finalizar la proyección en una sala a rebosar, los espectadores manifiestan su desagrado por no haber visto lo que ellos esperaban.
Un asesino a sueldo, perteneciente a no se sabe qué mafia, decidido a salir de su sórdido mundo, sabiendo que van a por él, pues nadie puede salir de esos mundos, salvo para ir al otro.
Le envían a un pequeño pueblo perdido en los Abruzos italianos, para cumplir la última misión que le encarga su jefe, fabricar un fusil de largo alcance y gran precisión.
La acción se desarrolla en un paisaje abierto pero opresivo, en el que se ubican dos pueblos con casas apiñadas en pequeñas colinas, vías estrechas, escaleras en lugar de calles, y circulación de vehículos inexistente.
El protagonista, George Cluny, hace una interpretación soberbia, proyectando su alma en un rostro sin recurrir a ningún gesto innecesario, transmitiendo sus más profundos sentimientos, su brutal y total soledad, y aguantando unos larguísimos primeros planos.
Calles angostas, carreteras solitarias en donde solamente se iluminan los pocos metros que cubren los faros del viejo coche del protagonista. Bares y restaurantes vacios, con manteles a cuadros, mesas sin comensales, y una sola persona sentada frente a una taza de café. Noches en duermevela, en las que pesadillas y remordimientos, se reparten los insomnios a partes iguales.
El protagonista lucha desesperadamente por conseguir su libertad, pero al final, con todos los ases en la manga, la partida se la ganan desde el mas allá.
Película para ver mas de una vez para recrearse en los encuadres, el tempo, la fotografía, los paisajes, sobre una pantalla en la que siempre está presente la soledad de un ser atormentado, en busca de una libertad que se le niega